Cuando llegué al colegio, el resto de mis compañeros y yo entramos en la sala de profesores y estuvimos ahí esperando a que nos asignaran a nuestros tutores correspondientes. Nos dieron la oportunidad de elegir con qué niños queríamos trabajar y una vez que terminamos, fuimos a visitar el colegio.
El colegio tiene un clima acogedor tanto por la decoración que tiene como por las personas que allí se encuentran. Es un colegio grandísimo y tiene una característica especial: es simétrico.
Cada sala está decorada de un color característico, lo cual sirve como guía orientativa a los niños. Tras numerosas explicaciones, consejos, ánimos y apoyos, me fui a la clase que me correspondía.
Al entrar, los nervios se apoderaban de mi, pero fue ver esas caritas, y sentir una sensación, que no se puede describir con palabras.
Mi aula de prácticas se compone de 7 alumnos, (uno de ellos pertenece a "combinada", es decir, recibe clases tanto en el centro específico, como en centros ordinarios) los cuales tienen edades comprendidas entre 16 y 19 años. Dos de los alumnos, tienen Síndrome de Down, otro padece una hiperactividad importante y el resto sufren TGD ( trastorno general del desarrollo).
Hemos estado trabajando un proyecto denominado "Viajamos por Europa" que consiste en llevar un cuadro del museo del Prado de Madrid al resto del mundo. La ruta de esta semana es de Madrid a París y desde allí a Londres, con la finalidad que conozcan algunas obras de arte y los países y capitales del mundo.
Después de trabajar con los niños este proyecto, pasamos a la asignatura de matemáticas, en la que algunos de los niños trabajan las restas con llevadas y otros, practican las tablas de multiplicar. Por otro lado, también llevamos a cabo ejercicios para fomentar la lecto-escritura, ya que algunos de los niños tienen ciertas dificultades en este aspecto.
A continuación, mi tutora y yo fuimos a una clase de deficientes motores, para ejercer de apoyo. Cuando llegué a esa clase, he de reconocer que me sorprendí muchísmo, no solo por la situación en la que estaban esos niños, si no por la cantidad de ejercicios que tenían para tratar con ellos. Ninguno de los niños habla, pero todos ellos te entienden. Para trabajar con ellos, utilizamos vídeos y juegos en los que aparezca música con diferentes ritmos y entonaciones para captar su atención; al igual pasa con las imágenes, se utilizan las más coloridas para que respondan mejor a los estímulos que se les presentan, y respondan a éstos.
Una vez que terminamos con los deficientes motóricos, salimos al recreo a controlar a nuestros pequeños.
Indescriptible es lo que viví. Llegué allí y la mayoría de los niños se acercaron a mí, me preguntaron que sí era una nueva "profe", me estuvieron preguntando mi nombre, ellos me decían el suyo y nos pusimos a jugar. Fue el mejor momento de mi vida, estuve todo el tiempo rodeada de niños adorables, encantadores, que estaban pendientes de mi, dándome tanto cariño sin apenas conocerme de nada, y eso fue lo que más me llenó como persona, recibir más de lo que incluso yo les había dado.
Al finalizar el recreo, fuimos a sustituir a una profesora y allí me paso una cosa realmente sorprendente. En esa clase, todos los niños eran Síndrome de Down, excepto uno, el cuál aún no conozco su diagnóstico, que estaba aislado al resto de la clase. Yo cogí y me acerqué a el, le pregunté que qué le pasaba y el me respondió: "Si estoy aquí solo es porque yo ya tengo 18 años, ya no soy un niño y me gusta estar solo, porque reconozco que soy muy seco pero también soy muy responsable". Estuve hablando con él durante un tiempo para ganarme su confianza y vaya que si me la gané. De repente, empezó a acercar su mano hacia mis partes íntimas. Yo cuidadosa y respetuosamente le aparté la mano y me fui a contarle lo que me había pasado a la tutora. Mi tutora me dijo que no me preocupara que no es la primera vez que lo hacía y el motivo por el que su comportamiento era ese, es porque está desarrollando su sexualidad y no puede controlar sus impulsos.
Finalizada la guardia, volvimos a nuestra clase, para llevar a nuestros niños a comer y pude comprobar la autonomía que éstos tenían tanto como para comer, como para recoger la mesa y finalmente lavarse los dientes.
Acabada la comida y lavados los dientes, los dejamos estar los 10 últimos minutos en las pistas, ya que el comportamiento que habían tenido hoy había sido estupendo. Pasado el tiempo, tanto alumnos como docentes cogimos nuestras cosas y nos fuimos para casa.
Aquí acababa un maravilloso día de prácticas junto a unas personas muy especiales.
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