También pusimos incienso en la clase para darle ese toque de armonía y tranquilidad, apenas inexistente en ese colegio.
Los juguetes que tienen son de diversos tipos, los hay sonoros, luminosos, blanditos, más duros, pero ninguno de ellos es peligroso para nuestros chicos.
Mientras estábamos en la clase, a una de mis alumnas, la que se puede mantener de pie, le empezó a dar una crisis y por lo tanto la cogí, la saqué de clase para que darla un paseo por los pasillos del colegio y así mientras que ella andaba se iba despejando hasta que finalmente se le pasó y volvió a su estado normal.
Llegaba la hora del recreo y llevamos a nuestros niños a su zona de recreo, pero yo me tuve que ausentar de nuevo, no por gusto sino por que teníamos que terminar ya de una vez por todas nuestro teatro.
Llegó la hora del comedor y como siempre, los dimos de comer y cuando terminamos volvimos a clase para aseralos y vestirlos.
Terminaba aquí un viernes no muy ajetreado, pero no por ello menos interesante, ya que cada día que pasas en ese colegio, con esos niños, es una experiencia única e inigualable que yo no cambiaría por nada. Es como he dicho muchas veces, no solo los nosotros ayudamos y los enseñamos, sino que también ellos nos enseñan a nosotros y nos ayudan, aunque ellos no lo sepan.
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