miércoles, 12 de diciembre de 2012

PRÁCTICAS: DÍA 26

Una nueva mañana comenzaba en el Cuidad De Toledo. Como cada miércoles, a primera hora tocaba estimulación, por lo tanto esperamos a que llegaran nuestros alumnos para llevarlos allí.
La fisioterapeuta estuvo con el niño, trabajando con él en el colchón de agua. Mientras tanto, mi tutora y yo pusimos de pie a la niña que padece el Síndrome de Soto y entre las dos, intentamos que diera unos pasos, algo que le costaba mucho trabajo ya que no tenía la fuerza suficiente en las piernas y el peso de su cabeza se lo impedía al vencerla hacia delante.
De repente, se empezaron a oír sollozos y llantos. Asustada, me di la vuelta y vi que era el niño que estaba con la fisio. Fui corriendo a ver que era lo que le sucedía y resulta que estaba dormido, que lo que estaba teniendo era una pesadilla. Cuando me dijo eso la fisioterapeuta, me quedé más tranquila y me contó que no era la primera vez que le sucedía, que en otras ocasiones le había pasado lo mismo.
Finalmente, conseguimos despertarlo y estuvimos con él hasta que se tranquilizó, a pesar del sofoco que se había cogido el pobre.
Volvimos a clase, ya que los ATES estaban esperando para cambiar a nuestros niños y nosotras mientras tanto nos quedamos en clase.
A pesar de la decoración de la clase, faltaba un pequeño toque navideño y por eso, le pedí permiso a la profesora y la pregunté si podía adornar la clase. Ella me dijo que por supuesto y coloreé alguno dibujos navideños, realicé un móvil y repartí espumillón por la clase. Cuando acabé, miré la clase y ya se podía sentir esa sensación de navidad en el aula.
Llevamos a los niños a las cristaleras debido a que la hora del recreo estaba muy próxima y estuvimos allí, con ellos. Yo me acerqué a una de mis alumnas, que estaba un poco decaída y empecé a jugar con ella, dando palmas, jugando al cucu-trás y hablándola con diferentes tonos de voz. Lo mejor que me pudo pasar ese día fue que al estar jugando con ella, me sonriera; esa sensación es inexplicable, me sentí de una forma que realmente no se explicar pero que cada vez que la recuerdo, me recorre una sensación de alegría y felicidad tremenda.
Cuando se acabó el recreo, los llevamos al comedor y allí, como siempre, los dimos de comer y regresamos a la clase, dónde los aseamos, los pusimos sus abrigos y bufandas y esperamos a que vinieran a recogerlos.
Terminaba aquí un día especial, al menos para mí, ya que yo iba derrochando felicidad por lo que me había sucedido.

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